La aventura de unos jóvenes en La Plata
La lluvia no cesaba y la oscuridad aumentaba minuto a minuto. Roberto dobló en la esquina, cuando observó que dos hombres, apostados a ambos lados del camino, impedían su paso. Sorprendido por la situación, avanzó hacia ellos. Un hombre alto, escuálido, se acercó al auto pidiéndoles dos pesos. Roberto se negó, solicitándole, por favor, que se corra de la calle, para poder continuar su viaje. Haciéndole caso omiso a su pedido, los dos hombres persistían con su pedido, obturando el paso. Nuevamente les pidió que se corran y los dejen avanzar. Sintió que ambos hombres parecían sordos, no escuchaban su pedido, y con un mal presentimiento de su actitud y de la situación, decidió acelerar. Cuando pasó frente a ellos, el hombre alto le arrojó unas patadas al vehículo. Sumados a un pequeño, de unos ocho años, que con un palo intentó pegarle al techo del coche.; y un tercer hombre que entró en escena, en estado alcohólico, que también tiró unos golpes de puño al vidrio.
Ante los ataques recibidos, aceleró velozmente, sorprendido y asustado por lo que sucedió, llegó hasta la mitad de la calle, donde ocupó el último lugar de la fila de coches, ya que no había semáforos y la policía guiaba el tránsito. Todos los coches se encontraban estancados, esperando que la policía les dé paso, cuando Ignacio observó, que los hombres que los atacaron se dirigían hacia ellos. ¡Vienen hacia acá! Gritó, estupefacto, observando la actitud violenta que mostraban esos hombres.
El hombre mayor, beodo, se acercó hasta la ventanilla del conductor, diciéndole cosas inconexas, con una actitud frenética, que crecía segundo a segundo. Ante la serenidad de Roberto, el hombre se exasperó, arrojándole un golpe de puño destinado a su cara, que esquivó con tranquilidad. Apareció el hombre que solicitó los dos pesos, con una actitud de furia, agarró un garrote que se encontraba a un costado de la calle, y comenzó a pegarle al techo del vehículo. En el interior, Braian e Ignacio se encontraban impertérritos, sorprendidos por lo que estaba pasando. Roberto, posteriormente a la agresión del hombre embriagado, observó el ataque del hombre que con el palo, intentaba romper el techo y los faroles, comenzó desesperadamente a pedir ayuda, tocaba la bocina y gritaba con la intención de que alguien lo escuchara.
Ignacio, a medida que aumentaban los golpes del hombre del garrote, tuvo la sensación de que quedarse en el coche conduciría a la muerte. Comprendió que el coche no era un lugar seguro, la intensidad de los ataques era cada vez mayor, observó una luz a lo lejos, y esperanzado de que fuera la de un vehículo policial, decidió bajar del automóvil. En ese instante, observó que el hombre del garrote le quería partir el palo en la cabeza, se agachó, intentó frenar el golpe con su mano derecha, y corrió hacia la esquina, en busca de esa luz.
Frustrado por su ataque fallido a Ignacio, el hombre comenzó a pegarle a los vidrios del vehículo, intentaba destrozarlos. Francisco se bajó, quería seguir los pasos de Ignacio, pero el hombre borracho se lo impidió. Intentó pegarle, Francisco lo frenó, le sujetó las manos, lo colocó en el suelo con sus manos atrás, lo retenía, esperando. Braian, quien se encontraba atónito, una vez que observó los ataques de los hombres con los garrotes, tomó dimensión de lo que estaba sucediendo, y junto a Ezequiel, ambos dentro del vehículo, se colocaron de cuclillas con sus manos protegiendo la cabeza, mientras sentían los pedazos de vidrios que caían sobre su cuerpo. Su miedo no podía ser mayor, un hombre desaforado, sin ningún tipo de límites, partía los vidrios, para abrir la puerta, e ingresar al coche. No podían creer lo que estaban viviendo, la situación era digna de la guerra, ellos se defendían como podían, resistían. Un joven que no participó hasta ese momento, observó que Francisco retenía al hombre amonado, y se dirigió hacia el coche, agarró un garrote que se encontraba al costado del camino, y se dirigió hacia donde se encontraba Francisco, para pegarle y liberar al hombre.
Mientras sucedían todos estos hechos, Ignacio corría, vertiginosamente, se acercaba cada vez más a ésa luz que observó desde el coche. A medida que se aproximaba, iba tomando forma y color. Se alegró al ver que era la luz de la policía, les avisó que los estaban atacando, y los efectivos corrieron hacia el auto. Al identificar la presencia de la policía que corría hacia ellos, los hombres de actitud vandálica, dejaron los garrotes, y comenzaron a correr, escabulléndose entre la oscuridad. Al ver a los agentes, Braian no podía estar más feliz, nunca deseó tanto la llegada de una persona, como lo fue ver a los guardias, que frenaron el ataque. Igualmente, la adrenalina que sentían de la situación vivida, no se frenó ni con la llegada de la policía. Una vez que llegó la paz, Ezequiel bajó del coche, y logró divisar que se encontraban en un asentamiento, y el lugar donde se escondieron los atacantes. Le pidió a los agentes que lo acompañen, y comenzó a correr, ligeramente, hacia la casilla donde se refugiaron los agresores, acompañado por la policía.
Al arribar al sitio, sale el hombre embriagado, que le arroja unos puñetazos al policía que se encontraba próximo a él. Los otros dos guardias, ayudan a detener al hombre que se encontraba alterado, fuera de sus cabales. Acto seguido, sale el muchacho del palo, que agredió a Daniel, y también comienza a pegarle al oficial, inmediatamente, también lo detienen. Ezequiel captó la locura de ésos hombres, que estaban dispuesto a todo, no identificaban a nadie, ni a la propia policía. Agredían a quien interfiriera en su camino.
Ignacio y Roberto, que se encontraban en la esquina, al lado del vehículo, recibiendo atención médica por las agresiones sufridas, se alegraron y tranquilizaron, al ver pasar el móvil policía, y en su interior los agresores, detenidos. Todo había terminado, era tiempo de volver a casa, más que nunca con el deseo de llegar al hogar y nunca más regresar a La Plata.
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