lunes, 30 de mayo de 2011

Exposición "Calesita del Bicentenario"


Después de haber pasado unos días de mi última visita orientada a la búsqueda de información relacionada con la historia del Museo Cornelio Saavedra, volví. En esta oportunidad mi objetivo era participar de un evento cultural, y mi elección fue la exposición de obras del artista Horacio Vodovotz denominada “Calesita del Bicentenario”.
Tuve que caminar varios metros desde la boletería del Museo, hasta llegar a la sala donde se exponían las pinturas del mencionado artista. Una señora que se encontraba en la puerta, me dio un folleto informativo sobre la exposición, y me comentó que Vodovotz es vecino del barrio, y la exposición tiende a demostrar la importancia que tiene para el barrio esta calesita que se encuentra a metros del Museo y el proceso de transformación (iniciado en 1943 con la inauguración de la calesita) que culminó el 25 de octubre de 2009 con la reinauguración denominándose Calesita del Bicentenario.
El folleto que me fue posibilitado por la señora, contenía la opinión de Horacio Vodovotz sobre la calesita: “Durante treinta años asistí a su decadencia. A la depredación. Al abandono. A la invasión de los que finalmente se cobijaron bajo su techo que ya no albergaba casi nada, solo pena y recuerdos, ecos de risas y miradas brillantes. Una conversación con mis hijos me trajo un recuerdo agridulce: nunca habían disfrutado de la calesita del barrio. Cuando se reinaugura, con el nombre de Calesita del Bicentenario, me bastaron dos visitas para ingresar en otra realidad mucho más inspiradora y estimulante, para comprender que había otra realidad dentro de la calesita y como por arte de magia, un cuento de hadas y gnomos comenzaba a cobrar vida”. Al leer las palabras del artista, comprendí lo significante que es esta calesita para el barrio.
Asimismo, la señora me explicó que los cuadros están pintados con témperas, acuarelas y se recurrió a la utilización de carbonilla para su realización; me brindó más información de la que yo esperaba.
Ingresé, era una sala grande, con buena luminosidad (fundamental para una adecuada observación de las pinturas).Había demasiada gente, padres con hijos de todas las edades, personas mayores, que quizá querían pasar un día al aire libre y de paso observaban las obras. Inicialmente decidí recorrer la exposición yo solo, contemplando cada obra, y luego realizar otro recorrido para observar las reacciones de la gente, e imaginar lo que sentía el resto de la gente al ver cada una de las obras de Horacio Vodovotz. Las obras del mencionado artista me gustaron, se caracterizaban por ser pinturas coloridas, en la que se utilizaban una amplia gama de colores; se notaba la utilización de la témpera, carbonilla en sus pinturas. Algunas de las pinturas que más me agradaron fueron: “Diálogo en Calesita”, “Familia en Calesita”, Soñando en Calesita”, etc. La temática de sus pinturas (como se mencionó previamente) era las transformaciones que había sufrido la calesita emblema del barrio, que fue restaurada, y reabrió hace poco tiempo. Pero lo fundamental no era mi opinión sino las reacciones que dichas obras generaban en los presentes, así que comencé a observar toda la atmósfera del evento.
Me encontré con el siguiente panorama: padres que le explicaban a sus hijos, que no debían tener más de tres años, lo representado en cada una de las obras, un chico le preguntaba a su padre si la calesita existía y si podía ir; personas con un amplio conocimiento en lo referido a la pintura, demostrado en los comentarios que realizaban cuando observaban cada una de las obras, daban la sensación de que ellos mismos las pintaron, por la claridad con que explicaban lo representado en cada obra (“en este trazo utilizó tiza” afirmaba una señora). También había curiosos, sujetos que no tenían un gran conocimiento en el campo del arte, y que estaban allí de paso, como si fuera de compromiso, observando ligeramente cada una de las pinturas, comentando poco o casi nada con su acompañante (supuse que quizá estaban allí esperando hasta que comience alguna obra en el teatro, y para pasar el rato, recorrían la exposición). No faltaban sujetos que solamente circulaban alrededor del evento, y señalaban algunas obras, sin internarse en la observación particular de alguna, indicaban algunas pinturas y seguían su paso como si no hubieran visto nada trascendental. Por último, había personas que se quedaban gran cantidad de tiempo observando una obra, realizando un análisis detallado de la pintura, marcando virtudes y defectos de la pintura a su entender, comentando lo que ellos harían en el lugar del artista y generando que los otros sujetos le pidan permiso para poder observar la obra con claridad.
Seguí observando un tiempo más todo lo que rodeaba al evento, hallando las mismas reacciones de los individuos que previamente fueros caracterizados, al encontrarme con dicha situación, decidí emprender la vuelta. Volviendo con la sensación de haber pasado un agradable día en el Museo, y una exposición que valió la pena presenciar, con pinturas destacadas, y una gran diversidad de sujetos que recorrían las obras de Horacio Vodovotz.

Historia del Museo Saavedra (2º versión)


Historia del Museo Cornelio Saavedra
Unos días después de mi primera aproximación, retorné. Esta vez mi objetivo era obtener información sobre el Museo Cornelio Saavedra. La semana pasada la señora de la recepción me había indicado que recurra a la Biblioteca del Museo para obtener datos relacionados a este.
Eso hice, recopilando información de folletos, libros, lo narrado por el guía de la visita realizada días atrás y recordando los letreros que se encuentran a la entrada del Museo comencé a indagar sobre su historia. Respecto al terreno, el material brindado por la Biblioteca, advertí que fue el jardín de la chacra de don Luis María de Saavedra, sobrino del presidente de la Primera Junta de Gobierno, en cuyo homenaje tomaron su nombre el barrio y el museo.
Indagando sobre la historia misma del museo, descubrí que este se instaló en varios lugares hasta establecerse definitivamente donde se encuentra hoy: comenzó a funcionar en la planta alta de un edificio ubicado en la Av. Corrientes 939, en 1936 fue trasladado a Cerrito 281 y en 1937 a la calle Quintana 84-88. Y en 1941, la Comisión Interventora de Vecinos del Concejo Deliberante destinó el edificio existente en la ex estancia Saavedra para la sede del Museo Municipal. De esta manera, en 1942 el museo es inaugurado con el nombre de Museo Histórico de la ciudad de Buenos Aires Brigadier General Cornelio Saavedra por iniciativa del intendente municipal doctor Carlos Alberto Pueyrredón, y es su esposa Silvia Saavedra Lamas de Pueyrredón, quien se encarga de la decoración y arreglos interiores. Así, el 25 de mayo de ese año, el viejo museo, con nuevo nombre y sede propia, reabrió sus puertas.
Respecto a la estructura de ese momento en comparación con la actualidad, observé: la chacra fue modificada para que su diseño correspondiera con el utilizado en la primera mitad del siglo XIX, lo que incluyó la mutilación de parte de la casona de la chacra. En 1947 el museo fue fusionado con el Museo Municipal de Buenos Aires, situado en  Fray Cayetano 65. En 1955 la casona donde se alojaba el museo fue ampliada porque tuvieron que construirse dos pabellones, debido al aumento en el patrimonio museológico. De esta forma, el edificio del museo obtuvo la estructura arquitectónica que puede observarse en la actualidad.
Un dato útil que me brindó la señora de la boletería es que en octubre de 2001, para el 80° aniversario del Museo y la instauración del Mes de los Museos de la Ciudad, se presentó la muestra temporaria "El grabado y las remotas imágenes de nuestros barrios", conformada principalmente a partir de la colección de iconografía de Buenos Aires de Guillermo H. Moores y que actualmente, la muestra se transformó en una exposición itinerante que se presenta en distintos lugares de la Ciudad.
En sus diez salas de exhibiciones permanentes (Platería, Tertulia, Independencia, Roas, Lujos y Vanidades Femeninas del siglo XIX, Matthis, Modas, Numismática, Armas y Keen) se expone el patrimonio del Museo, que desde 1921 se fue enriqueciendo a partir del legado fundador de Ricardo Zemborain.
A través de estas diez salas, el Museo propone diversas reflexiones sobre la historia, la política, la economía y la sociedad a partir de sus colecciones de platería urbana (Colección Zemborain), mobiliario y objetos de arte y decorativos (en dos ambientaciones de un salón porteño de la primera y de la segunda mitad del siglo XIX), peinetones y alhajas femeninas (colecciones Miguel Gambín y Zemborain), vestimenta y elementos de las modas y las costumbres masculinas y femeninas de siglo XIX, platería rural (Colección Alfredo y Sara Davis de Keen) sumado a la historia monetaria argentina (una de las más importantes colecciones de numismática); la evolución edilicia de la Plaza de Mayo a través del pincel de Leonie Matthis (1883-1952) y la sala de armas donde se exhiben valiosas piezas de uso civil y militar, completadas con parte de la colección de soldaditos de plomo que muestran los uniformes de los diferentes regimientos que lucharon por la Independencia (donación de Ernesto Lasnier).

1º Visita al Museo Saavedra (2º versión)


Primera visita al Museo Cornelio Saavedra
Era un día soleado, ideal para alguna salida al aire libre como lo es el Museo Saavedra. Temprano, emprendí viaje, llegué alrededor de las doce del mediodía. Un sendero que atravesaba un extenso jardín me condujo a la recepción del Museo. Pagué la entrada de $1 y comencé a recorrer. La señora que me cobró avisaba a los visitantes que no se podían tomar fotografías sin permiso del Director del Museo. Inicié el recorrido de cada una de las salas que conformaban el espacio cultural.
La primera sala llamada “Platería” exponía objetos como abanicos de baraja españoles, perros de fo, marfiles, cofres, mates cuyanos rioplatenses y demás objetos pertenecientes a los siglos XVIII y XIX.
“Tertulia” se llamaba la segunda sala en la que me encontré con sillones neoclásicos portugueses, mesas de estrada luso brasileña, muebles y objetos pertenecientes a las viviendas de la burguesía porteña de las cuatro décadas posteriores a la Independencia. Un cartel informativo explicaba que la vida de la clase dominante de esa época era similar a la de la aristocracia europea.
Continué, adentrándome en la siguiente sala donde se exhibían objetos del siglo XIX como colgantes de oro, cigarreras, un texto histórico como la obra de Rousseau “Del contrato social”, etc.
En la siguiente sala me encontré con documentos históricos: la Cuesta de Chacabuco, Jornada del Maipo, Jornada del Sipe-Sipe, algunos de los documentos que se exhibían en las vitrinas. Fue una de las salas más interesantes, en la que pude conocer documentos propios de la época, ideologías, etc.
El letrero decía “Numismática”, salón en el cual se exponían monedas y billetes argentinos de todo tipo pertenecientes a los siglos XVII, XVIII y XIX. Lo atractivo del salón era observar la metamorfosis sufrida por los billetes a lo largo de la historia.
Unos metros adelante la sala “Lujos y vanidades femeninas del siglo XIX” exhibía polveras, cofrecillos, mixtureros, relojes, abanicos, propios del siglo mencionado en el letrero que uno se encuentra al ingresar. Lo curioso de esta sala era un cartel que explicaba la necesidad de utilizar objetos en los orificios del cuerpo, para evitar el ingreso de magos o espíritus malignos al mismo. Me llamó la atención la justificación del lujo que se utilizaba.
Varios cuadros colgados en las paredes como “Corrida de Toros en la Plaza Mayor”, “La Plaza Mayor de Buenos Aires en el año 1.650”, indicaban el ingreso a la sala “Matthis”, en la que se exponían cuadros de los siglos XVII y XVIII, pintados por la francesa Leonie Matthis.
La sala “Moda” era pequeña, se exhibían un par de trajes de caballeros propios del siglo XVIII, sumado a algunos relojes y objetos de decoración de la época.
La penúltima sala llamada “Armas” exponía sables de caballería, sables de reglamento, espadas de complemento, revólveres, pistolas de todo tipo, y armas pertenecientes a los siglos XVIII y XIX.
“Keen” se denomina la última sala en la que se exponen objetos pertenecientes a la familia Keen como monturas con bastos de caballos, recados de bastos, etc.
Finalicé el recorrido interno del museo, a la salida del último salón, un patio en cuyo centro se encuentra una glicina de 200 años de antigüedad, me dio la bienvenida al exterior del mismo. Todo el espacio verde de los exteriores genera una sensación de paz, de tranquilidad, transmite calma el paisaje que uno observa al salir.
En los exteriores, siguiendo un camino que rodea todo el Museo,  me encontré con una escultura denominada “Cariátides” del artista Aurelio Macchi; más adelante, cañones terrestres de avancarga del siglo XVIII de distinto tamaño se ubicaban a los costados del sendero. Luego, varios metros adelante, los bustos de Ernesto Sabato, Leopoldo Marechal decoraban el camino, que finalizaba con un Tótem (del cual no se indica el autor).
Observé el reloj, eran las tres de la tarde, había pasado un agradable rato en el barrio de Saavedra, cuando inicié el camino de vuelta.

lunes, 16 de mayo de 2011

Historia del Museo Saavedra


Museo Cornelio Saavedra
El Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio Saavedra se sitúa en la Avenida Crisólogo Larralde 6309, dentro del Parque General Paz, en la Ciudad de Buenos Aires. El terreno sobre el que edificó el mismo, fue el jardín de la chacra de don Luis María de Saavedra, sobrino del presidente de la Primera Junta de Gobierno, en cuyo homenaje tomaron su nombre el barrio y el museo. En sus alrededores ha crecido una zona residencial con chalets de grandes jardines sobre calles de diseño irregular y frondosas arboledas.
Inaugurado en 1921, el museo tuvo asiento en varias sedes hasta llegar a ocupar esta antigua casona de 1880: comenzó a funcionar en la planta alta de un edificio ubicado en la Av. Corrientes 939, en 1936 fue trasladado a Cerrito 281 y en 1937 a la calle Quintana 84-88. Y recién en 1942, se establecería en el lugar donde se encuentra hoy.
La chacra fue modificada para que su diseño correspondiera con el utilizado en la primera mitad del siglo XIX, lo que incluyó la mutilación de parte de la casona de la chacra, y las colecciones presentadas en el mismo, giraban en torno a Saavedra. En 1947 el museo fue fusionado con el Museo Municipal de Buenos Aires, que por ese entonces funcionaba en un edificio ubicado en Fray Cayetano 65. En 1955 la casona donde se alojaba el museo fue ampliada porque tuvieron que construirse dos pabellones, debido al aumento en el patrimonio museológico. De esta forma el edificio del museo, ubicado en el Parque General Paz en el barrio de Saavedra, obtuvo la estructura arquitectónica que puede observarse en la actualidad. En octubre de 2001, para el 80° aniversario del Museo y la instauración del Mes de los Museos de la Ciudad, se presentó la muestra temporaria "El grabado y las remotas imágenes de nuestros barrios", conformada principalmente a partir de la colección de iconografía de Buenos Aires de Guillermo H. Moores. Actualmente, la muestra se transformó en una exposición itinerante que se presenta en distintos lugares de la Ciudad.De arquitectura italianizante, fue reformado con materiales originales ofreciendo el aspecto de una quinta hispano criolla.
En sus diez salas de exhibiciones permanentes se expone el patrimonio del Museo, que desde 1921 se fue enriqueciendo a partir del legado fundador de Ricardo Zemborain.
A través de estas salas, el Museo propone diversas reflexiones sobre la historia, la política, la economía y la sociedad a partir de sus colecciones de platería urbana (Colección Zemborain), mobiliario y objetos de arte y decorativos (en dos ambientaciones de un salón porteño de la primera y de la segunda mitad del siglo XIX), peinetones y alhajas femeninas (colecciones Miguel Gambín y Zemborain), vestimenta y elementos de las modas y las costumbres masculinas y femeninas de siglo XIX, y platería rural (Colección Alfredo y Sara Davis de Keen).
Un amplio panorama del pasado conforman los testimonios del proceso emancipador de Sudamérica (desde las invasiones inglesas hasta la Independencia); el complejo proceso de la Confederación Argentina (colecciones Andrés Lamas y Ricardo Zemborain); la siempre agitada historia monetaria argentina (una de las más importantes colecciones de numismática); la evolución edilicia de la Plaza de Mayo a través del pincel de Leonie Matthis (1883-1952) y la sala de armas donde se exhiben valiosas piezas de uso civil y militar, completadas con parte de la colección de soldaditos de plomo que muestran los uniformes de los diferentes regimientos que lucharon por la Independencia (donación de Ernesto Lasnier).
Con una entrada accesible de $1, durante todo el año el museo Cornelio Saavedra es una de las grandes atracciones del barrio de Saavedra.

Primera visita al Museo Saavedra


Primera visita al Museo Cornelio Saavedra
Después de un largo viaje en colectivo, llegué. Eran las diez de la mañana, cuando me interné en los extensos jardines del Museo Cornelio Saavedra. Los árboles, las plantas, el paisaje con el que uno se encuentra, genera que no quiera irse jamás. El lugar transmite tranquilidad, se respira un clima de paz, gente relajada, y un panorama maravilloso.
Comencé a recorrer el museo, donde observé el siguiente panorama: varios matrimonios con hijos chicos, entre 6 y 10 años aproximadamente. Decidí seguir el sendero que atraviesa las distintas piezas que se exponen. Inicialmente, varios bustos decoraban el camino, no había nadie contemplándolos. Me llamó la atención dicha situación, pero entendí que para los chicos es más llamativo un cañón de guerra, que una estatua de un personaje histórico que desconocen. Más adelante había una pequeña fuente, con una figura en el centro, varios chicos rodeaban la estatua. Una chica menor de 5 años le preguntaba a su madre si podía tomar el agua de la fuente, la madre respondía repetitivamente: ¡no! Observé un rato más a los padres que vigilaban a sus hijos, para evitar que se metan en la oscura agua de la fuente. Decidí continuar, unos metros más adelante, me sorprendió ver un tumulto de gente, me acerqué para ver lo que sucedía: un cañón de tres metros de largo, quizá, recostado a la derecha del sendero. Un chico subido a el, se sacaba fotos, con una cara de gran felicidad. Otro chico le preguntaba al padre qué era eso. A lo que respondía: un cañón, se colocaban proyectiles en la parte adelante… Una chica lloraba porque se quería sacar una foto, y no podía esperar a que terminen de fotografiarse la familia de 3 hijos,  cuyos padres se encontraban en los extremos de la pieza de artillería. Después de esperar 5 minutos, la nenita pudo sacarse la foto, con su madre, quien me pidió que las fotografíe. Terminada la sesión de fotos, me senté en el pasto, cuando los gritos de un chico, produjeron que me reincorpore, y camine unos 20 metros hacia el sur. El chico estaba en el piso, con los brazos ensangrentados, gritando y llorando, llamando a sus padres. Éstos vinieron corriendo hacia él. ¿Qué te pasó?, ¿Estás bien?, ¿Te duele mucho?, le preguntaba incesantemente su madre, mientras con una pañuelo le sacaba la sangre del corte que tenía en su brazo izquierdo. Su padre fue a buscar agua y curitas para su lastimadura, regresó al rato con las provisiones, el chico ya estaba tranquilo, no lloraba y su madre le colocaba las bandas adhesivas. En ese momento, miré la hora, eran las dos de la tarde, decidí regresar. Después de este episodio, ya había presenciado bastantes sucesos para comentar, emprendí la vuelta.