Primera visita al Museo Cornelio Saavedra
Era un día soleado, ideal para alguna salida al aire libre como lo es el Museo Saavedra. Temprano, emprendí viaje, llegué alrededor de las doce del mediodía. Un sendero que atravesaba un extenso jardín me condujo a la recepción del Museo. Pagué la entrada de $1 y comencé a recorrer. La señora que me cobró avisaba a los visitantes que no se podían tomar fotografías sin permiso del Director del Museo. Inicié el recorrido de cada una de las salas que conformaban el espacio cultural.
La primera sala llamada “Platería” exponía objetos como abanicos de baraja españoles, perros de fo, marfiles, cofres, mates cuyanos rioplatenses y demás objetos pertenecientes a los siglos XVIII y XIX.
“Tertulia” se llamaba la segunda sala en la que me encontré con sillones neoclásicos portugueses, mesas de estrada luso brasileña, muebles y objetos pertenecientes a las viviendas de la burguesía porteña de las cuatro décadas posteriores a la Independencia. Un cartel informativo explicaba que la vida de la clase dominante de esa época era similar a la de la aristocracia europea.
Continué, adentrándome en la siguiente sala donde se exhibían objetos del siglo XIX como colgantes de oro, cigarreras, un texto histórico como la obra de Rousseau “Del contrato social”, etc.
En la siguiente sala me encontré con documentos históricos: la Cuesta de Chacabuco, Jornada del Maipo, Jornada del Sipe-Sipe, algunos de los documentos que se exhibían en las vitrinas. Fue una de las salas más interesantes, en la que pude conocer documentos propios de la época, ideologías, etc.
El letrero decía “Numismática”, salón en el cual se exponían monedas y billetes argentinos de todo tipo pertenecientes a los siglos XVII, XVIII y XIX. Lo atractivo del salón era observar la metamorfosis sufrida por los billetes a lo largo de la historia.
Unos metros adelante la sala “Lujos y vanidades femeninas del siglo XIX” exhibía polveras, cofrecillos, mixtureros, relojes, abanicos, propios del siglo mencionado en el letrero que uno se encuentra al ingresar. Lo curioso de esta sala era un cartel que explicaba la necesidad de utilizar objetos en los orificios del cuerpo, para evitar el ingreso de magos o espíritus malignos al mismo. Me llamó la atención la justificación del lujo que se utilizaba.
Varios cuadros colgados en las paredes como “Corrida de Toros en la Plaza Mayor”, “La Plaza Mayor de Buenos Aires en el año 1.650”, indicaban el ingreso a la sala “Matthis”, en la que se exponían cuadros de los siglos XVII y XVIII, pintados por la francesa Leonie Matthis.
La sala “Moda” era pequeña, se exhibían un par de trajes de caballeros propios del siglo XVIII, sumado a algunos relojes y objetos de decoración de la época.
La penúltima sala llamada “Armas” exponía sables de caballería, sables de reglamento, espadas de complemento, revólveres, pistolas de todo tipo, y armas pertenecientes a los siglos XVIII y XIX.
“Keen” se denomina la última sala en la que se exponen objetos pertenecientes a la familia Keen como monturas con bastos de caballos, recados de bastos, etc.
Finalicé el recorrido interno del museo, a la salida del último salón, un patio en cuyo centro se encuentra una glicina de 200 años de antigüedad, me dio la bienvenida al exterior del mismo. Todo el espacio verde de los exteriores genera una sensación de paz, de tranquilidad, transmite calma el paisaje que uno observa al salir.
En los exteriores, siguiendo un camino que rodea todo el Museo, me encontré con una escultura denominada “Cariátides” del artista Aurelio Macchi; más adelante, cañones terrestres de avancarga del siglo XVIII de distinto tamaño se ubicaban a los costados del sendero. Luego, varios metros adelante, los bustos de Ernesto Sabato, Leopoldo Marechal decoraban el camino, que finalizaba con un Tótem (del cual no se indica el autor).
Observé el reloj, eran las tres de la tarde, había pasado un agradable rato en el barrio de Saavedra, cuando inicié el camino de vuelta.
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