Pablo me pidió que cuando el realizara su viaje por Europa, vaya a su cada diariamente a regarle las plantas y darle alimento balanceado al perro. Su casa me quedaba cerca, no me opuse y acepté su pedido.
Varios conflictos personales y laborales demoraron mi ida a su casa, recién al cuarto día desde su partida pude dirigirme a la calle Salas y cumplir con su encargo. Un portón grande me daba la bienvenida a su casa, lo abrí, ingresé y colgué las llaves en el llavero. Como primera imagen la casa era un desastre, todo desordenado, varias cosas en el suelo, ropa tirada, sillas caídas, etc. Me llamó la atención que su mascota no vino al encuentro a saludarme, quizá después de estar tanto tiempo solo, el animal imaginó que no vendría nadie hasta la vuelta de su dueño.
Él me había advertido que las plantas se encontraban en el piso superior y que debía regarlas diariamente o día por medio. Subí, en el patio las plantas se encontraban secas debido a mi incumplimiento del regado diario, una de ellas (la más alta) se encontraba a punto de morir. Las regué y fue como si hubieran vuelto a nacer. Me quedé observando unos segundos el paisaje que se visualiza desde el patio, una hermosa vista tiene.
Decidí bajar para controlar el agua y alimento del perro. Lo llamé y al quinto grito el can vino hacia mí, feliz, haciéndose pis de la emoción. Observé su pote de alimento y se encontraba vació al igual que el del agua. Llené ambos recipientes y el perro que hacía varios días que no comía ni tomaba nada, salió corriendo desesperado al rincón donde se encontraban sus alimentos.
Habiendo cumplido con mis obligaciones decidí irme, en el trayecto hacia el hall de entrada, encontré una nota de Pablo pidiéndome que pague las facturas de agua, luz que se encontraban en su mesa de luz. Me dirigí a su pieza, su mesa de luz tenía tres cajones, revisé el primero y no encontré nada. Cuando abrí el segundo cajón, me encontré con un arma y varias balas, no lo podía creer, Pablo jamás me había hablado acerca de armas ni algo similar. En el último cajón había ropa ensangrentada, pensé lo peor: que él había asesinado a alguien, o hirió a una persona, las pruebas eran más que contundentes: un arma con balas guardada en un cajón, ropa ensangrentada, seguramente de la víctima y él que nunca había salido del país, ¡realiza un viaje a Europa! Para escaparse de la policía y evitar ir a la cárcel por el crimen cometido. Indignado seguí buscando por toda la casa, a ver si encontraba alguna evidencia más, pero mi exploración fue negativa. Decidí esperar a que llamase desde Madrid, dicho llamado ocurriría en dos días, según sus palabras.
A los cinco minutos sonó el teléfono, era él, diciéndome que llamaba porque quería controlar si estaba yendo a su casa, le recordé que me había dicho que llamaría en dos días, se excusó afirmando que la llamada era gratuita. Aproveché el momento para interrogarlo, preguntarle por qué tiene un arma en su cajón, balas, ropa ensangrentada, etc. Me dijo que el arma era porque había comenzado tiro al blanco, hace pocos meses y no llegó a contarme nada. Y la ropa ensangrentada es de mi sobrina, pero no es sangre, es témpera roja, sus argumentos no me parecieron convincentes del todo, pero decidí creerle momentáneamente, hasta su vuelta. Me avisó que tenía que cortar, tenía que hacer otro llamado. Lo saludé y corté.
Para calmar mi nerviosismo decidí ir a la cocina y hacerme un café, hasta que encontré todos los objetos en se caos, pasaron unos veinte minutos aproximadamente. Terminando de servir una última cuchara de azúcar, escuché un ruido fuerte en la entrada, el perro ladraba, me acerqué a mirar: la puerta la habían tirado y dos hombres armados se encontraban en la entrada, apuntándome. No entendía nada, pensé que todo era un sueño. Los hombres me dijeron: “¿pensaste que descubriste todo y le ibas a avisar a la Policía?” Pablo nos llamó, avisando que descubriste todo lo relacionado al crimen de Laura, su sobrina y nos encargó que te matemos.
Me encontraba impertérrito, observándolos, no podía entender lo que estaba sucediendo. Uno de ellos, el más alto, dijo que ya era hora de matarlo, si pasaba más tiempo, los vecinos iban a sospechar. Me apuntó a la cabeza, gatillando tres veces, sin disparar en ninguna ocasión. Empezaron a discutir, como que no cargaron las armas, etc. Aproveché la confusión para correr hacia la habitación, agarrar el arma, cargarla y defenderme. Eso hice, en movimientos rápidos, bajé y uno de ellos se vino hacia mí con un cuchillo, le disparé al pecho, cayendo herido. El otro intentó herirme con un serrucho, el disparo fue fatal. Los dos se encontraban en el piso, uno de ellos, muerto…