martes, 30 de agosto de 2011

Proceso de escritura y texto final

Subo mi proceso narrativo y texto final, con algunas modificaciones.


Proceso de Escritura
Considerando los comentarios recibidos en clase y en el blog, en relación al texto: escribir un relato que exhiba la violencia, sin explicar, mostrar a este conjunto de personajes desarrollando acciones en simultáneo en el espacio del auto, al defenderse de los ataques. Partiendo de la escena conocida, varias personas en un coche, son atacadas y de ahí en adelante se desarrollan una  serie de hechos.
Intentando no explicar los momentos previos, la salida de este grupo  de jóvenes de un estadio de fútbol, mi relato empieza con una maniobra realizada por Roberto, dobla y ese el principio de todo. En Roberto, el conductor del vehículo, y la persona de mayor edad del coche, intenté plasmar y destacar su tranquilidad, desde el momento que le impiden seguir paso y les pide por favor que se corran, y cuando es increpado, y reacciona, serenamente. Tranquilidad que finalizará cuando comienzan los ataques vandálicos, y desesperadamente, grita y toca la bocina, pidiendo ayuda.
En esta versión, no formo parte del relato, el mismo es contado desde la tercera persona. Poseo la ventaja, quizá, que describo un hecho vivido, y en consecuencia, lo narrado, se vuelve verosímil.
En la continuación del texto, en lo que concierne a los más jóvenes, Ignacio, una vez que se encuentran detenidos, toma dimensión de lo que estaba por suceder, y por eso describo su grito, sorprendido, de que los agresores vienen hacia ellos, en busca de revancha.
En lo que es el foco, la escena principal, el ataque, mi objetivo fue describir las sensaciones que van sintiendo los personajes a medida que transcurre el ataque, las acciones que consideran adecuadas, y las decisiones que tomarán para sobrevivir. En relación a eso, Ignacio es una muestra de ese cambio de decisión, actitud. Inicialmente se encuentra atónito, sorprendido por todo, y luego posee la sensación de que seguir allí, los llevaría a la muerte, y observando aquella luz difusa, decide correr hacia ella, con la esperanza de que sea la policía.
A su vez, en el personaje de Braian, a diferencia de Ignacio, se mantiene en la postura de sorpresa, y recién una vez que observa a los hombres golpeando y destruyendo los vidrios con palos, decide colocarse de cuclillas y protegerse con sus manos, mientras siente los vidrios caer sobre él.
Es similar el caso de Ezequiel, que en todo momento observó la situación, se protegió del ataque, y cuando baja del coche, se da cuenta de que se encontraba en una villa, y observa donde se esconden los agresores. A diferencia de Braian, termina su parálisis como consecuencia de lo vivido, y corre, junto a la policía, a señalar donde se encuentran.
Y el final de relato, intenté demostrar la paz y tranquilidad que sienten todos, al ver a los hombres detenidos, y su intención más que nunca, de volver el hogar, el hogar seguro, y su decisión, unánime, de no regresar nunca más a La Plata.
En lo que respecta al marco teórico, Claudia me recomendó la lectura de Por quién doblan las campanas y El gran río de los dos corazones, ambos escritos por Ernest Hemingway. En relación al autor, Hemingway nació en 1899 en Oak Park, Estados Unidos. Fue un narrador estadounidense, cuya obra, considerada clásica en la literatura del siglo XX, ha ejercido una notable influencia tanto por la sobriedad de su estilo como por los elementos trágicos y el retrato de una época que representa. Cabe destacar que recibió el premio Nobel en 1954.
Ya se había iniciado en el periodismo cuando se alistó como voluntario en la Primera Guerra Mundial, como conductor de ambulancias, hasta que fue herido de gravedad. El 8 de julio de 1918 es herido por la artillería austríaca. Con las piernas heridas y una rodilla rota, fue capaz de cargarse a hombros a un soldado italiano para ponerlo a salvo. Caminó 40 metros hasta que se desmayó. La heroicidad le valió el reconocimiento del gobierno italiano con la Medalla de Plata al Valor. Estuvo a punto de perder su pierna de no mediar la intervención de una enfermera, Agnes von Kurowsky, con quien comenzó una relación sentimental (ella era mayor que él). Durante su recuperación en el hospital de Milán, se enamoró de la joven enfermera y le pidió matrimonio, sin embargo, él regresó a su país, y aunque la esperó, nunca se casaron. De vuelta a Estados Unidos retomó el periodismo, hasta que se trasladó a París en 1922, con su esposa Elizabeth Richardson, lugar donde conoce los ambientes literarios de vanguardia y se relaciona con los miembros de la llamada «Generación Perdida»: Gertrude Stein, Ezra Pound, Francis Scott Fitzgerald, entre otros.
 Participó en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial como corresponsal, experiencias que luego incorporaría a sus relatos y novelas. Como consecuencia de sus vivencias en la Guerra Civil española, escribió en 1940, Por quién doblan las campanas.
Contó con la ventaja, o no, de haber vivido las experiencias armadas, los enfrentamientos bélicos, las miserias humanas, las desgracias, el horror que se vive en una guerra, para posteriormente poder describirlo en un libro. Como sucedió en 1929, cuando editó  Adiós a las armas, novela de contenido autobiográfico, ya que está basada en su paso por la guerra y sus experiencias en el frente de batalla. Asimismo, en El gran río de los dos corazones, describe los devastadores efectos de la Guerra sobre Nick Adams.
También participó en la Segunda Guerra Mundial, en esta oportunidad su destino era el mar de las Antillas y su misión, patrullar con el fin de capturar barcos nazis. En 1944 viaja a Europa como corresponsal de guerra, participa en misiones aéreas de reconocimiento en Alemania y forma parte del desembarco en Normandía, siendo uno de los primeros corresponsales en entrar en París.
El 2 de julio de 1961, se suicidó, disparándose a sí mismo con una escopeta.
En relación a los dos textos mencionados, que utilicé de referencia para mi relato, Por quién doblan las campanas, me permitió conocer “el detrás de escena” de una guerra, como lo fue la Civil Española, los ideales de cada bando que desembocó en un enfrentamiento armado. Cómo se desarrollaba el día a día, la toma de decisiones, los enfrentamientos, etc. El relato se desarrolla en los bosques de una región montañosa española, en la cual un grupo de milicianos se prepara para volar un puente primordial para la ofensiva republicana. Entra en escena Robert Jordan, el dinamitero que llega a España, para desarrollar dicho objetivo. Lo interesante, también, son las descripciones que realiza Hemingway, cómo describe el lugar de los hechos, aquella región de bosques de pinos, el momento de enfrentamientos armados, etc. Las descripciones brindadas me sirvieron como referencia para los actos vandálicos de La Plata, la violencia es el foco en común entre ambos hechos, la ferocidad de aquellos hombres dispuestos a todos por sus ideales, o vengándose de un robo frustrado, agrediendo a un grupo de jóvenes que venían de disfrutar de un partido de fútbol coincide con la violencia de la Guerra Civil Española. Por otro lado, el final me generó la impresión de que quedó faltando algo, el final es abierto, quedando, quizás a nuestra tarea, imaginar cuál fue el desenlace del relato.
El gran río de los dos corazones, Nick Adams volvió de la primera guerra mundial y se va a acampar, solo, en los bosques de su niñez. De él lo único que se sabe es que regresó de la primera guerra mundial, que se va de campamento porque esto le permite dejar atrás las necesidades, necesidad de pensar, necesidad de escribir. Cuando baja del tren, encuentra que el pueblo que recordaba ha sido totalmente quemado en un incendio forestal y sólo ve ruinas calcinadas. Pero igual sigue caminando. El relato continuará con la caminata hasta el río el río Dos Corazones, donde colocará la carpa, hará fuego, comerá, etc. La narración en sí es casi monótona, no hay más minuciosas descripciones de las tareas que el personaje lleva a cabo.
Lo más atrapante de este cuento, consiste en lo que no dice, lo que no explica. Lo que no está dicho es el trauma de la guerra, el trauma de retornar al hogar y encontrar que éste ya no existe, el temor que él siente frente a la ciénaga en donde el río desemboca. Uno de mis objetivos, en relación a este relato de Hemingway y mi propio texto, consistían en no explicar, narrar a partir de la situación conocida. Evitar explicar lo previo, de dónde volvían éstos jóvenes, hacia dónde se dirigían, etc. Este cuento me fue muy útil en ese aspecto, para abocarme solamente a narrar, y que el lector deduzca la situación previa. Este relato, al igual que otros de Hemingway, se relacionan con sus experiencias de guerra, y en este caso, las consecuencias que genera en todos los sujetos que forman parte de ella, desde el  lugar que sea: médico, conductor de ambulancia, soldado, etc. Los traumas que generan posteriormente, participar de un hecho de tal magnitud.

 
La aventura de unos jóvenes en La Plata
La lluvia no cesaba y la oscuridad aumentaba minuto a minuto. Roberto dobló en la esquina, cuando observó que dos hombres, apostados a ambos lados del camino, impedían su paso. Sorprendido por la situación, avanzó hacia ellos. Un hombre alto, escuálido, se acercó al auto, y le pidió dos pesos. Roberto se negó, solicitándole, por favor, que se corra de la calle, para poder continuar su viaje. Haciéndole caso omiso a su pedido, los dos hombres persistían con su petición, obturando el paso. Nuevamente les pidió que se aparten y los dejen avanzar. Sintió que ambos hombres parecían sordos, no escuchaban su pedido, y con un mal presentimiento de su actitud y de la situación, decidió acelerar. Cuando pasó frente a ellos, el hombre alto le arrojó unas patadas al vehículo. Sumados a un pequeño, de unos ocho años, que con un palo intentó pegarle al techo del coche.; y un tercer hombre que entró en escena, en estado alcohólico, que también tiró unos golpes de puño al vidrio.
Ante los ataques recibidos, aceleró velozmente, sorprendido y asustado por lo que sucedió. Llegó hasta la mitad de la calle, donde ocupó el último lugar de la fila de coches, ya que no había semáforos y la policía guiaba el tránsito. Todos los coches se encontraban estancados, esperando que la policía les dé paso, cuando Ignacio observó, que los hombres que los atacaron se dirigían hacia ellos. ¡Vienen hacia acá! Gritó, estupefacto, mientras observaba la actitud violenta que mostraban esos hombres.
El hombre mayor, beodo, se acercó hasta la ventanilla del conductor, diciéndole cosas inconexas, con una actitud frenética, que crecía segundo a segundo. Ante la serenidad de Roberto, el hombre se exasperó, y le arrojó un golpe de puño destinado a su cara, que esquivó con tranquilidad. Apareció el hombre que solicitó los dos pesos, con una actitud de furia, agarró un garrote que se encontraba a un costado de la calle, y comenzó a pegarle al techo del vehículo. En el interior, Braian e Ignacio se encontraban impertérritos, sorprendidos por lo que estaba pasando. Roberto, posteriormente a la agresión del hombre embriagado, observó el ataque del hombre que con el palo, intentaba romper el techo y los faroles. Comenzó desesperadamente a pedir ayuda, tocaba la bocina y gritaba con la intención de que alguien lo escuchara. Percibía la furia de aquellos hombres, y con el temor de que les pasara algo a los demás pasajeros del auto, solicitaba auxilio, incesantemente, como un grito de guerra.
Ignacio, a medida que aumentaban los golpes del hombre del garrote, tuvo la sensación de que quedarse en el coche conduciría a la muerte. Comprendió que el coche no era un lugar seguro, la intensidad de los ataques era cada vez mayor, observó una luz a lo lejos, y esperanzado de que fuera la de un vehículo policial, decidió bajar del automóvil. En ese instante, observó que el hombre del garrote le quería partir el palo en la cabeza, se agachó, intentó frenar el golpe con su mano derecha, y corrió hacia la esquina, en busca de esa luz.
Frustrado por su ataque fallido a Ignacio, el hombre comenzó a pegarle a los vidrios del vehículo, intentaba destrozarlos. Francisco se bajó, quería seguir los pasos de Ignacio, pero el hombre borracho se lo impidió. Intentó pegarle, Francisco lo frenó, le sujetó las manos,  lo colocó en el suelo con sus manos atrás, lo retenía, esperando. Al bajar Francisco e Ignacio, ambas puertas traseras quedaron abiertas. Braian, quien se encontraba atónito, observó dicha situación, y como un acto reflejo de supervivencia, de impedir la entrada del enemigo, velozmente cerró las dos puertas. Como consecuencia de la rapidez de Braian, el hombre del garrote, comenzó a pegarle al vidrio de la puerta donde se encontraba él, para romperlo e ingresar al vehículo. En ese momento, él tomó dimensión de lo que estaba sucediendo, y junto a Ezequiel, ambos dentro del vehículo, se colocaron de cuclillas con sus manos protegiendo la cabeza, mientras sentían los pedazos de vidrios que caían sobre su cuerpo. El miedo corría por sus venas, al estar encerrados, sin ningún tipo de escapatoria, protegiéndose como podían de los ataques Ambos sentían que cuando el vidrio cediera, la muerte se aproximaría. Su temor no podía ser mayor, un hombre desaforado, sin ningún tipo de límites, partía los vidrios, para abrir la puerta, e ingresar al coche. No podían creer lo que estaban viviendo, la situación era digna de la guerra, ellos se defendían como podían, resistían. Un joven que no participó hasta ese momento, observó que Francisco retenía al hombre amonado, y se dirigió hacia el coche, agarró un garrote que se encontraba al costado del camino, y se dirigió hacia donde se encontraba Francisco, para pegarle y liberar al hombre.
Mientras sucedían todos estos hechos, Ignacio corría, vertiginosamente, se acercaba cada vez más a ésa luz que observó desde el coche. A medida que se aproximaba, iba tomando forma y color. Se alegró al ver que era la luz de la policía, les avisó que los estaban atacando, y los efectivos corrieron hacia el auto. Al identificar la presencia de la policía que corría hacia ellos, los hombres de actitud vandálica, dejaron los garrotes, y comenzaron a correr, escabulléndose entre la oscuridad. Al ver a los agentes, Braian no podía estar más feliz, nunca deseó tanto la llegada de una persona, como lo fue ver a los guardias, que frenaron el ataque. Igualmente, la adrenalina que sentían de la situación vivida, no se frenó ni con la llegada de la policía. Una vez que llegó la paz, Ezequiel bajó del coche, y logró divisar que se encontraban en un asentamiento, y el lugar donde se escondieron los atacantes. Le pidió a los agentes que lo acompañen, y comenzó a correr, ligeramente, hacia la casilla donde se refugiaron los agresores, acompañado por la policía.
Cuando arribó al sitio, salió el hombre embriagado y le arrojó unos puñetazos al policía que se encontraba próximo a él. Los otros dos guardias, ayudaron a detener al hombre que se encontraba alterado, fuera de sus cabales. Acto seguido, salió el muchacho del palo, que agredió a Daniel, y también comenzó a pegarle al oficial, inmediatamente, también lo detuvieron. Ezequiel captó la locura de ésos hombres, que estaban dispuestos a todo, no identificaban a nadie, ni a la propia policía. Agredían a quien interfiriera en su camino. Comprendió, que de no ser por la llegada de la policía, su destino habría sido otro.
Ignacio y Roberto, que se encontraban en la esquina, al lado del vehículo, recibiendo atención médica por las agresiones sufridas, se alegraron y tranquilizaron, al ver pasar el móvil de la policía, y en su interior los agresores, detenidos. Braian todavía sentía en su cuerpo, el vértigo de todo lo vivido. Por suerte, todo había terminado, era tiempo de volver a casa, más que nunca con el deseo de llegar al hogar y nunca más regresar a La Plata.



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