Teniendo en cuenta los comentarios respecto al texto anterior, este es mi texto definitivo del hambre, con la modificaciones realizadas. Intenté darle más vida a los sentimientos del personaje, monólogos, ideas que sobrevuelan en un estado así.
Madrid demacrada
Las calles de Madrid se encuentran inundadas de uniformes azules, que las transitan de aquí para allá, a toda hora del día. Tendidos a un costado, hombres, mujeres, niños, famélicos, de figuras esqueléticas, yacen, esperando un trozo de comida que los saque del calvario. El hambre es un depredador que mata a quien se encuentre en su camino. Madrid se convirtió en una ciudad fantasma, donde el horror de ver morir a niños, ancianos de la forma más miserable e ignominiosa, genera un panorama desolador.
Hace dos días que no pruebo bocado alguno, desde que nos comimos el último trozo de carne disponible. La guerra nos está destruyendo lentamente, todos los campos fueron quemados, y los que no padecieron esa suerte, fueron saqueados por los militares, quienes se pasean por las calles ingiriéndolos, como si desconocieran el paisaje que se presenta a su alrededor, ante nuestra atónita mirada.
Sumado a la hiperinflación, ¡que produce que no podamos comprar ni un pan!, nuestra situación es más que desesperante. Sobrevivo tomando agua solamente, muchas veces caliente por la cantidad de horas expuesta a la radiación del sol, pero en mi estado, se transforma en agua bendita. Conservo la esperanza o la utopía, de que todo cesará y mi sueño de ingerir, una porción de alimento, aunque sea mínima, se hará realidad.
Ya han pasado tres días, y mi estómago, junto a los de Iñigo, Iker y Arturo, compañeros de trabajo y amigos de toda la vida, Laura y Paula, las únicas médicas del pueblo, braman como un viento furioso. Este estado de inanición, produce desgano, desmayos, náuseas, etc. De hecho, en el cuarto día me desperté por la tarde, cuando el sol estaba a punto de irse a descansar, producto de un desmayo.
A cinco días de nuestra última ingesta, todo tipo de ideas sobrevuela la mente, algunas más razonables que otras, vivir sin alimentarnos nos impide pensar con normalidad . Iker pensó una idea disparatada, intentar matar a uno de los oficiales para quedarse con la comida que disponen. Sin ningún tipo de arma, y demacrados como nos encontramos, se acercó al oficial. Con una especie de cuchillo, que armó improvisadamente, intentó tirarle una puñalada, el militar le disparó, fatalmente en su cabeza. Iker yacía en el suelo, emitió un estertor que resonó en todo el pueblo y cerró los ojos, partiendo hacia un lugar mejor.
Al siguiente día, los hombres que sitiaban la ciudad, ofrecieron unos escasos trozos de carne, para las cincuenta personas que se encontraban alrededor nuestro. Hecho que generó una guerra entre nosotros mismos, una lucha por comer, por sobrevivir. El estado deplorable en el que nos encontramos, produjo que no participemos del enfrentamiento, todos golpeándose con todos, los esqueletos se agredían unos a otros, sin saber qué hacían. Como consecuencia de la contienda, veinte hombres fallecieron, y alrededor de diez, fueron heridos gravemente.
Había pasado una semana, y Arturo nos comentó un plan macabro, concretamente la práctica del canibalismo. El hambre extremo, conduce a la deshumanización, expresada por el robo, el asesinato o el canibalismo, con tal de satisfacer el deseo de comer. En la plaza aledaña a nuestra posición, se encontraban colgados unos diez hombres que fueron ahorcados por rebelarse contra los sujetos que nos invadieron. Arturo afirmó tener experiencia en este tipo de prácticas, ya que en su viaje a la India, quedó varado en el medio del mar, y resistió a base de carne humana. Inicialmente me negué a una idea así, pero viendo la reacción positiva de mis compañeros, y mis ansias de nutrirme, accedí. Descolgó el primer cuerpo, un hombre alto, de figura redonda, que había estado al sol durante dos días, pero posible de aprovechar su carne como alimento. La desnutrición que padecíamos, produce llegar al extremo del canibalismo. Separó las partes del cuerpo que eran comestibles, y las comenzó a apilar una arriba de otra, para luego cocinarlas en ese fogón que habíamos encendido. Creo que nunca tomamos conciencia de lo que estábamos haciendo, la angustia de no poder comer ni un pan, nos llevó a realizar un hecho así.
Unas horas después, Iñigo, quien no había formado parte de la práctica, tomó la decisión de suicidarse. Quizá, él si tomó dimensión de lo que hicimos, y comprendiendo que estábamos fuera de nuestros cabales, viendo nuestras caras de animales hambrientos, capaces de matar a lo que se nos cruce con tal de comer, emprendió viaje a un sitio mejor.
Los siguientes días los pasé desmayado nuevamente, o durmiendo a causa del desfallecimiento que padecía; no recuerdo mucho ya que mi estado generaba que durmiera y esperara a que finalice este calvario. Era moneda corriente mi estado de somnolencia, debido a la inanición que padecía.
El día siguiente fue el peor, mi estado era más que crítico, me sentía tan laxo, no podía moverme, me costaba respirar. Mi rostro estaba pálido, simulando una persona que se encuentra en estado de agonía. No soportaba más este sufrimiento, pretendía que todo acabe de una vez. Presentía que no iba a sobrevivir un día más. El resto de mis compañeros se encontraban mejor que yo, estaban sentados contra la pared, pero no acostados como yo, casi durmiendo. Una epidemia, favorecida por todos los escuálidos seres que dormitábamos la mayor parte del día, estaba asesinando a los miles de hombres débiles, que se entregaban a la muerte, sin la intención de vivir en condiciones como aquellas. Al ver la cantidad de personas que estaban muriendo a causa de ella, deseé morir, que me afecte a mí también, para qué vivir en este estado, sufrir en vida el no poder alimentarme con nada. ¿Era necesario el calvario que me tocaba vivir? Rodeado de bebes, niños, ancianos, todos desnutridos, que fallecieron, fallecen o fallecerán a causa de la desnutrición. El ver esas calaveras vivientes, tan jóvenes y que prontamente conocieron la muerte, me daba escalofríos. No soportaba más. Mi estado favorecía todo tipo de preguntas relacionadas con la idea de partir a un sitio mejor, me encontraba en un callejón sin salida, en que el morir por la epidemia, o suicidarme, sería una sabia decisión. No tenía más intenciones de vivir en estas condiciones. Me dormí, me entregué, me rendí, esperando que llegara mi momento, el de acceder a un lugar mejor. Me encontraba aún con un ojo entre abierto, Laura comenzó a hacer señas, ruido para que la vieran, ya que no podía hablar. Con mis últimas fuerzas que disponía, la observé, viendo una amplia sonrisa en su rostro, un gesto de inmensa felicidad. Le susurró algo a Paula, y ella que era la que mejor se encontraba nos dijo: “miren al frente”. Intenté girar la cabeza, para ver la fila de hombres que se acercaban, su presencia fue salvadora, los observé admirándolos, y concluyendo que su presencia nos salvaría de este martirio. Eran ellos, habían ganado la guerra, y todo había terminado…
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